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Yuki la sanadora

Jul-7-2016, por coyote

Y hoy para celebrar el cumpleaños de mi hermana Nieves (aunque ya publicado con retraso). ¡¡CUENTO NUEVO!!!
Dedicado a ella. Porque he descubierto su secreto.
¡Felicidades!!

YUKI LA SANADORA
Yuki vivía en una cueva en la ladera de una montaña. Le gustaba su casa porque tenía unas vistas preciosas, pero en ocasiones preferiría vivir en otro lugar porque estaba sola. Por lo que ella sabía no había nadie más viviendo en esa montaña, ni en el valle, ni en ninguna de las montañas de la cordillera.
Con nadie, se refería a nadie humano, porque sí había animales, de hecho, en su cueva convivía con un oso y un lobo. Cuando encontró la cueva el osezno estaba en ella y el lobezno llegó poco tiempo después. Convivían bien los tres, incluso a veces parecía que el oso y el lobo se confabulaban contra ella y se quedaban dormidos en los mejores sitios frente al fuego, y Yuki, para no despertarles, se ponía más apartada. Pero a pesar de esos momentos, jugaban mucho y en general tenían una muy buena convivencia.

Por más que Yuki intentaba recordar cómo había llegado hasta allí, era incapaz de encontrar la respuesta. Intentaba echar la vista atrás y buscar su recuerdo más antiguo, pero lo más que conseguía encontrar en su cabeza era el recuerdo de una especie de ninfa envuelta en una luz muy brillante, que la dejaba allí y se despedía con lágrimas en los ojos y un dulce beso en la frente.
Pero eso no podía ser así, no podía haber aparecido por arte de magia, ese ser no podía existir… además, cuando eso paso ella ya tendría unos 16 años. En algún lugar habría tenido que pasar su infancia y aprender todo lo que sabía sobre las cosas. Porque aunque no tenía recuerdos de su vida, si sabía cómo tenían que ser las cosas.

Pese a vivir sola (salvo por sus dos compañeros), no paraba en todo el día. De alguna forma se había convertido en una especie de curandera del bosque.
Todo comenzó un día mientras recogía bayas. Entre unos matorrales encontró una ardilla con una pata rota, así que ella la cogió con cuidado y mientras hablaba para tranquilizarla, colocó la pata como pudo y después la sujetó con una ramita y unas hojas.

Si no supiera que era imposible, juraría que la ardilla dio las gracias antes de irse. Y si tampoco supiera que era imposible, pensaría que la ardilla había corrido la voz de que Yuki la había curado. Porque al día siguiente, al despertarse, en la puerta de su cueva estaba un conejo con una especie de sarpullido, como si se hubiera rozado con una planta venenosa. Esperaba que se asustaría cuando se acercara a él, pero no lo hizo, se quedó esperando que se acercara, mirándola como si la estuviera pidiendo ayuda. Ella cogió con cuidado al conejo, lo llevó al río y le limpió bien el pelaje con agua limpia y fresca.
Desde entonces aparecían muchos animales en su cueva pidiendo su ayuda con los ojos.
No sabía de dónde sacaba las ideas y los conocimientos de qué hacer con cada animal en cada momento para ayudarle, algo dentro de ella decía qué hacer y qué no hacer, qué planta o raíz machacar y poner encima o cual suministrar o hervir. El deseo de ayudar era tan grande y tan sincero que parecía que era ese deseo el que lo hacía posible. Casi como si con eso bastara, y en cierta manera así era, ya que era eso lo que despertaba su instinto y su poder de curación.

No sólo acudían animales pequeños, también otros más grandes, salvajes y fieros, incluso algunos que no conocía o seres fantásticos que no deberían existir, pero sin embargo allí estaban, pidiendo su ayuda. Sus visitas eran escasas pero siempre aportaban algo más, no sólo por el privilegio de verles y tocarles, sino por la magia. Siempre que trataba a uno de esos seres, éste le dejaba algún objeto mágico o proporcionaba algún conocimiento especial con lo que poder ayudar a los demás.
En una ocasión trató a un fénix y cuando terminó de curarle, el fénix lloró en un tarro, guardando así lágrimas de fénix: uno de los más codiciados y más valiosos objetos curativos mágicos. También tenía polvo de hadas y polvo de cuerno de unicornio entre otras muchas cosas.

Yuki vivía por y para ayudar. A animales, plantas o al entorno. Todas las noches bajaba a bañarse al lago a la luz de la luna o a observar las estrellas. Y cantaba. Su melodía y sus palabras daban vida y protección a la montaña, la envolvían bajo un hechizo sanador.
Desde que Yuki había llegado el lugar era mejor, más alegre, más fértil y más mágico.

El tiempo allí pasaba a otro ritmo. Lo sabía porque no había cambiado nada en todo el tiempo que llevaba allí, sin embargo tanto el oso como el lobo se habían hecho grandes y fuertes. Ella era feliz allí, pero sentía que estaba haciendo un paréntesis en su vida, que necesitaba más. Así que un día llegó a la conclusión de que tenía que avanzar, que tenía que salir de allí para descubrir cuál era su pasado y para encontrar su futuro.

No se lo dijo a nadie, ni cambió su actitud, pero parecía que los seres mágicos lo sabían, ya que en esa semana atendió a más de los que había atendido en toda su estancia allí. Y sus regalos también fueron mayores.
Poco después los demás animales también parecieron darse cuenta. Parecía que iban a despedirse de ella y regalarle provisiones o abrigo.
Incluso el oso y el lobo se mostraron un poco más “amables” que de costumbre: ya no le quitaban el sitio más blandito o el mejor trozo de comida.

La noche antes de irse, en el lago, tuvo un momento de debilidad, en el que estuvo a punto de arrepentirse, pero una vez había tomado la decisión ya no podía cambiar. Cantó más tiempo esa noche, con palabras nuevas y utilizó todos los regalos mágicos que tenía para proteger y mantener el bosque y los animales a salvo, quedándose sin nada para su aventura. Pero no importaba: ellos lo merecían y ella ya se apañaría.
Sólo se quedó con un frasco vacío, un frasco especial para ella porque había sido el primer regalo mágico que había recibido y se había convertido en un talismán para ella.

Sus sueños de esa noche parecían una guía del viaje. Pero en su sueño había algo más: por primera vez desde que estaba allí recordó algo de su vida anterior. En el sueño vio que ella vivía en una ciudad, en una casa con sus hermanas y sus padres. La noche en la que llegó a la montaña había habido un atentado y el edificio en el que vivían se estaba derrumbando. Cuando ella notó que el edificio estaba temblando lo único en lo que pudo pensar fue en ir a buscar a sus padres y sus hermanas: su instinto no fue huir, fue ayudar. Ese fue el momento en el que la mujer que brillaba en su recuerdo apareció, la cogió y se la llevó. Por más que Yuki se resistía no pudo soltarse, y a medida que se alejaban se iba calmando y olvidando de lo que estaba pasando en su ciudad. Cuando llegó al bosque ya no sabía nada, solo vio a la mujer llorar y decir: “Este es el único regalo que te puedo hacer. No podía dejarte morir allí y tampoco puedo dejarte sufrir por el recuerdo. Espero que lo comprendas algún día”.
Con lágrimas en los ojos la besó en la frente y desapareció.

Pese a que había sido una noche llena de revelaciones, se levantó llena de energía y de ganas de emprender la aventura.

Cuando fue a despedirse del oso y del lobo, estos hablaron. Agradecieron que hubiera cuidado así de ellos y le dieron un último regalo: un león de peluche amarillo con una nota que ponía “pico, pico, pico”.
Al verlo las lágrimas brotaron de sus ojos: ese era su peluche favorito, Rodolfo. Y esas eran las palabras que ponían en su familia cada vez que se hacían un regalo anónimo. Al verlo recordó su vida anterior y fue la prueba que le faltaba para saber que el sueño era real. Entonces comprendió una cosa más: el oso era su hermana mayor y el lobo la menor. Por eso la chinchaban tanto. Las abrazó y propuso que la acompañaran. Pero ese era un camino que tenía que recorrer sola.

Comenzó su viaje y aunque conocía la montaña como la palma de su mano, esta vez era diferente: los pies le dolían, las ramas de los árboles la arañaban y notaba cansancio. Era como si el bosque no quisiera dejarla ir.

Empezó a pensar que su camino era como un juego para alguien. Desde que había partido había aparecido un problema tras otro, cada vez más duro que el anterior. Era como si alguien estuviera poniéndola a prueba a ver cuanto podía soportar. Fue una verdadera marcha de obstáculos.
Tras unos días se encontró con el más grande de todos: el camino estaba lleno de piedras que habían formado un muro tan alto que casi no podía ver el final. Intentó rodearlo buscando un sitio por el que pudiera pasar, pero después de un rato bordeando las rocas siempre aparecía en el camino donde había comenzado. Intentó escalar pero en cuanto subía unos metros, las piedras en las que se estaba apoyando se despegaban del resto y la bajaban hasta el suelo. Tras varios intentos desistió y trató de encontrar otra solución. Pero nada de lo que intentaba funcionaba.

Se paró, cerró los ojos y pensó. Tenía que seguir su camino, sabía que sus hermanas de alguna manera estaban bien, pero si había ocurrido un atentado habría más necesitados que podría ayudar con sus nuevos conocmientos. Eso sin olvidar que no sabía nada de sus padres.
Había pasado mucho tiempo en la Naturaleza pero tenía la esperanza de que el tiempo transcurriera de una forma distinta allí y pudiera llegar a tiempo para ayudar. Esperaba que el tiempo que estaba perdiendo que con el muero no fuera la causa de llegar tarde.

Fue un obstáculo difícil. Pasaba el tiempo y seguía sin poder avanzar y sin saber cómo podía avanzar. Había gastado todos los objetos mágicos que había tenido en proteger al bosque, por lo que tendría que encontrar una solución sin magia.

Unos días después vio a un duende llorando. Se acercó a él para consolarle. El duende contó que un gigante le había destrozado casa y encima le había lesionado y no podía rehacerla. Así que llevaba unos días durmiendo al aire y sin poder conseguir comida. Yuki se ofreció a hacerle algo de comer y entonces su mente se iluminó: podría usar esas rocas para hacer la casa al duende. Así le ayudaría y de paso el camino se liberaría. Ya había intentado antes mover las piedras, pero ahora sabía cómo colocarlas y el duende usaría la magia para mantenerlas. Roca a roca, paso a paso ella movía las piedras y el duende las sellaba con magia.

Llevó unos días pero al final consiguieron su objetivo: una maravillosa casa se alzaba ante ellos y el camino estaba despejado. Realmente hacía mucho que ya habría podido pasar al otro lado, pero ayudar al duende se había convertido en su principal objetivo, por lo que no se había dado cuenta hasta entonces de que el camino estaba despejado.

Tras muchos inconvenientes más, por fin consiguió ver a lo lejos algo que reconoció como su ciudad. Se oían muchos ruidos de sirenas y veía columnas de humo por todas partes, confirmando su teoría de que a pesar de haber pasado mucho tiempo fuera, llegaría a tiempo de ayudar. No tenía ningún objeto mágico, pero si muchos nuevos conocimientos que podrían ayudar. Y muchas ganas de ayudar a los demás.
Corrió hasta el que era su edificio y vio salir a todos los vecinos. Todos excepto sus padres. Subió las escaleras y entró en su casa. Allí vio a su madre muy asustada que la llamaba mientras repetía el nombre de su padre una y otra vez.

No necesitó más para saber lo que estaba pasando. Por lo menos sus hermanas ya no estaban allí.
Intentó ayudar a su padre, pero era tarde. Una pesada viga le había caído encima. Durante un rato intentó utilizar alguna técnica que pudiera ayudarle. Pero tuvo que hacer una visión global. En esas circunstancias no podía hacer nada. Era muy egoísta tratar de retenerle en ese estado.
Necesitó toda su fuerza de voluntad para parar. Por primera vez desde que se dedicaba a ayudar a los demás, la mejor ayuda que podía dar era no hacer nada por salvarle. Y tenía que ser con su propio padre.

Después de todo lo que había pasado para llegar hasta allí. Pero aún quedaba su madre allí, tan rota de dolor como ella. Paralizada. Pero tenía que sacarla de allí. Si no en un instante lo perderían todo y todo lo que había pasado habría sido en vano.
Consiguieron salir a tiempo. El edificio se derrumbó. Su mundo se derrumbó.

Esa noche soñó con el bosque, soñó con el oso y el lobo, con los animales, incluso con el duende. Soñó que de alguna forma se enteraban de lo que había sucedido.
Entonces el sueño cambió. Su padre apareció envuelto en luz. Pero no sintió pena, sino todo lo contrario.

Y él habló:
- Gracias hija. Hiciste lo que tenías que hacer.
Ha llegado el momento de que sepas toda la verdad.
Lo primero, no estés triste por mí. No he muerto. No puedo morir. El cuerpo que tú conocías era solo una cáscara, al igual que el de tu madre. Somos ángeles que decidimos pasar un tiempo en la tierra. Los ángeles como tal no podemos tener hijos, por lo que para que haya más ángeles tenemos que bajar a la tierra, tener hijos y que ellos se ganen el derecho de venir al cielo como nosotros y convertirse del todo. Cuando viniste a buscarnos, la viga que me aplastó iba a caer sobre ti. Tu madre al verlo fue incapaz de soportarlo y se saltó todas las normas cuando te salvó y te llevó al bosque. Después vinieron tus hermanas y antes de que vieran lo que había pasado, ella se las llevó también. Pero ya casi no le quedaba magia para transportarlas y tuvo que transformarlas en animales. Con la bebé tuvo que recurrir a la magia propia de la niña, convirtiéndola en una duendecilla que no pudo ir mucho más lejos del muro que separa los mundos.
Cuando volvió había gastado toda la magia que le quedaba y por tanto olvidó quienes somos en realidad y tendrá que vivir como una humana, sin recuerdos de la realidad hasta que llegue el momento de volver a su mundo real.
Os llevó a un mundo intermedio entre vuestro mundo y el nuestro. Un lugar en el que los verdaderos dones de cada uno se revelan. Tú demostraste tu valía y te ganaste el derecho a entrar cuando fuiste altruista y en vez de pensar en huir pensaste en ayudarnos. El mundo intermedio te ha ayudado a potenciar tu don: el don de la sanación y la curación.
Pero aún queda mucho para que llegue tu momento. Hasta el momento en el que tu naturaleza de ángel sea plena. Hasta entonces te convertirás en una especie de “súper héroe” como los llaman en este mundo.
No puedes decírselo a nadie: ni a tu madre, ni a tus hermanas cuando os volváis a encontrar, ni a tu amor, ni a tus futuros hijos. Ellos lo descubrirán a su debido tiempo. Yo te ayudaré en todo lo que pueda.
Pero debes saber una cosa más: existe un demonio muy poderoso que está constantemente poniendo a prueba a los futuros ángeles. Cada vez que superan una prueba, les pone otra aún más dura, esperando que llegue el momento en el que se rindan. A veces son pruebas imposibles. Lo pasarás mal. Pero sé que puedes con todo. Podrás con cada obstáculo y te harás más fuerte cada vez. Cuanto más fuerte te hagas más y peores pruebas tendrás que pasar. Pero la recompensa será cada vez más grande. Estas destinada a ser muy grande. Y con tu valor y tu fuerza superarás cualquier expectativa. Se fuerte. Te quiero.

Sin darle tiempo a responder desapareció. Y Yuki se despertó. Su cuerpo estaba brillando con una luz dorada recibiendo su magia. La botella mágica que se había guardado, empezó a brillar también: una pequeña lucecita morada bailaba dentro de ella como una luciérnaga. Esa era la fuente de su nuevo poder como súper héroe.

De vez en cuando la botellita se iluminaba y se calentaba. Esa era la señal de que tenía que actuar, que usar sus poderes y su magia interior para ayudar a alguien. Se convirtió en una heroína silenciosa. Nadie supo nunca que era gracias a ella por lo que las cosas se solucionaban: prefería mantenerse en la sombra. Ayudaba porque ella quería ayudar. No buscaba reconocimiento. Nunca hubo ningún cómic ni ninguna serie llamada “Yuki la sanadora”, pero ayudó a mucha gente. Y al igual que en el bosque, no sólo a gente, también a animales, plantas y al entorno.

El demonio siguió poniendo pruebas cada vez más difíciles y a veces estuvo a punto de rendirse, pero una vez tras otra consiguió superarlo todo. Era fuerte y no existía nada en el mundo capaz de vencerla. Tenía muchos a quien proteger. Y era el ángel más puro y la súper héroe más fuerte que existía. Realmente nada de ningún mundo podría con ella.

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