Alucina Vecina

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El despertar del sueño 19-I-2011


Pero todo lo bueno tiene un final, sino no sería real. Mis vacaciones tenían que terminar, tenía que irme a Madrid (ojo, “irme” no “volver”).

Me levanté más tarde de lo que esperaba, pero es que aunque pesaba alguna tonelada menos que ayer, pesaba un montón y me dolía levantarme, además que sabía que si me levantaba sería para irme… y no quería que acabara.

Pero tuve que levantarme, cargar el coche, cambiar las sábanas… e irme a la playa a despedirme… hoy el baño era opcional, pero… ¿a quién quiero engañar? No existía ninguna opción real de que no me bañara aunque estuviera el agua verde. Me iba a bañar de todas las maneras. Como sabía que me iba a bañar de todas formas, me pasé antes por el Rodri a pedirme unos chocos fritos para llevar y unas puntillitas a ver cómo llegaban para mi niño.

Después me fui a la playa, que estaba casi como ayer, menos encabronada, pero quizá un poco más alta… casi me desanima, pero… era mi último día de playa y una cosa así no me lo iba a chafar. Así que me cogí la toalla, el pan, los chocos… me quité la ropa y me bañé. Disfrutando del frío del agua, de la sal y del sabor a mar, de la inmensidad y de la Naturaleza con toda su fuerza. Y las olas. Y la arena. Y las conchas… Es la última en un tiempito, no se cuanto, pero de momento lo es… así que había que disfrutarlo y sentirlo.

Y después me senté a llenarme de arena y al sol, a hacerme un bocadillo de choco frito y arena, como debe ser. Pero cuando abro el cacharro… a ver, eran chocos y estaban fritos, pero enteros… ¡qué cosa más rara! Eso complicaba un poco el modo bocadillo, pero eran chocos estaban buenísimos de todas las maneras así que no importa, pero ¿cómo llamaran en el Rodri los chocos fritos de toda la vida? Así que comí bocadillo de choco frito entero con arena, aunque es mentira, conseguí que no entrara ni pizca de arena.
Y me sentó el bocadillo como si hubiera comido en el sitio más exquisito del mundo, pero ¿qué hay más exquisito que un bocadillo de chocos, sentá en la arena después de haberme bañado, debajo del sol? La verdad es que no se me ocurre nada mejor. Y de postre una naranja. Pero naranja de las wenas, de las de Lepe, que son las mejores. (Como todo lo de Lepe, es cierto).

Me tomé lento ese bocadillo porque sabía que en cuanto terminara no podía estar mucho más antes de coger el coche y alejarme de mi Paraíso. Disfrutando con cada mordisco, con cada mastique del sabor, de la vista y de la sensación.

Una vez terminado, no me iba a ir con la comida en la garganta aún, así que hice unos cuantos ángeles en la arena, me mojé un poco más los pies, disfruté del sol… y… al final con todo el dolor de mi corazón, tuve que vestirme y subirme al coche, no sin mirar una última vez a mi playa y despedirme de ella.

Hice una parada por la casa vieja a coger la raya, cortar la luz, por el nuevo a cortar la luz (se me había olvidado… jijiji) y a partir de ahí… a Madrid.
El viaje bien, tranquilo, pero me di cuenta de una cosa muy clara: me sobran unos 130 kilómetros, si son 150 mejor. Voy bien pero a falta de esos kilómetros, tanto a la ida (que es más o menos por Sevilla) como a la vuelta (pasado el pueblo de Sara Bravo) empiezo ya con el “no aguanto maaasssss, que llegue yaaaaa”. Además iba con la vejiga llena… y cuando llegué a casa de mis padres dejé literalmente el coche tirado y pasé al baño, después ya lo metí, saqué la bici, las naranjas… y todas las cosas que tenía que dejar en casa de mis padres.
Vi a cabroncete que estaba mal, me dio muy mala espina, a ver si le llevo al veterinario, pero no me atrevo… vi a mi Súper Bis que es más salaoooo, y a la furcia. Mira si estaría mal cabroncete que me tiré acariciándole unos 15 minutos y él estaba tan contento de que le acariciara… que casi pensé que igual lo que le pasaba es que me echaba de menos y estaba con depresión, que aunque no tratara conmigo, en el fondo el animal me tenía cariño.

Pero tuve que irme, que aún no había visto a mi niño… que estaba esperándome fuera para ayudarme a bajar las cosas… y para darme un súper abrazo y un súper beso de bienvenida, que en el fondo aunque no lo quiera reconocer, me ha echado de menos, y aunque yo tampoco lo quiera reconocer, porque he estado muy a gusto en mi tierra, sola, haciendo lo que quiero… yo también le he echado de menos.

Cenamos juntos, él sus puntillitas, que habían llegado frías y gomosas, y yo mi raya en pimentón de ayer que estaba un poco congelada, pero en el microondas se descongela, con unas papas fritas para la salsa… y como unos señores nos fuimos a dormir, por fin juntos.

Y así, colorín colorado, mis vacaciones se han acabado.

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