Alucina Vecina

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Aportaciones. La esencia en la memoria. El olvido de Erza


Hoy estrené cuentito… No estoy especialmente contenta con él, pero bueno, quería leer algo un poco más especial para la ocasión de las aportaciones. Está escrito a lo rápido y con migrañita.
Aún así, que vengan a preguntar que de dónde es, y que es muy bonito… mola

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Sus supuestos amigos trataban de devolverle los recuerdos con fotos, con experiencias, pero no conseguían nada. Por lo que le habían contado, estaba en paro desde hacía mucho tiempo, sus deudas eran cada vez mayores y en poco tiempo tendría que dejar su casa, y volver a su pueblo de nacimiento, porque al parecer, ella se había mudado a la ciudad unos cuantos años antes, en busca de un buen trabajo y con un chico que poco después la abandonó. Sabía, por lo que la contaban, que sus padres seguían en el pueblo, aunque estaban bastante enfermos, y aunque ella deseaba poder ir a estar con ellos, no se lo podía permitir. Pero ella no recordaba nada de eso, y… por lo que la estaban contando, creía que era mucho mejor así, debía de ser una persona bastante triste y agobiada, y desde aquel día… estaba perdida, pero no sufría. Soportó muchas pruebas médicas, y al final solo lograron decir que tenía “amnesia postraumática de estrés”. Vamos, que tenía tanta mierda encima que su cerebro había decidido resetearla y darle otra oportunidad.

Algunos se compadecían de ella, pero ella pensaba que estaba bien. Sabía que no podía seguir eternamente sin saber quién era, y sin afrontar esos problemas que se empeñaban en imponerla.
Por eso cada día iba al parque, a observar. A sentir, esas cosas que seguro que antes no se permitía sentir.

Cada día, veía pasar gente estresada, corriendo de un lado a otro, sin pararse a observar esa flor tan bonita que había crecido en aquel árbol… veía pasar jóvenes que no levantaban la cabeza de sus manos, en el que llevaban algo que según habían dicho era un “Smartphone”, iban en grupos y ni siquiera hablaban entre ellos… veía pasar padres y madres con niños de la mano, a los que los niños intentaban contar cosas, y los padres hablaban por teléfono o iban con la mirada absorta y simplemente no prestaban atención, veía ancianos solos, a veces iban en grupo comentando lo ocupados que están sus familias para ir a verles, cada día veía niños que no sabían jugar, que tenían miedo de subir a los árboles… y Erza no recordaba muchas cosas, pero si recordaba lo divertido que era trepar a un árbol. No podía recordar, pero si podía imaginar. Imaginaba qué es lo que podía haber ocurrido para que todos parecieran tan ausentes, tan infelices…

Ese día, como sentía que fue especial, quiso hacer algo distinto, además tenía un paquete en las manos que le habían enviado, según decía en el remitente “mamá”; así que decidió subir a un árbol, sabía que era algo divertido, y… como homenaje a aquello que no podía recordar… subió a un árbol, se sentó en una rama…. Sintió el sol, las hojas… y de repente, recordó algo. Recordó a su padre. Recordó cuando su padre, en el pueblo, la enseñó a trepar a los árboles, recordó que la primera vez que treparon el árbol, estuvieron toda la tarde en él, contando historias y cantando con los pájaros, fue una tarde estupenda con su padre, el hombre al que ella más amaba… y al pensar que le había olvidado, unas lágrimas surcaron su rostro. Entonces ocurrió algo muy extraño… escuchó al pato que estaba a su lado, mirándola… “Abre el paquete Erza, te sentará bien”. Erza había perdido la memoria, pero sabía que los patos no subían a los árboles, y tampoco hablaban… debía estar loca… pero… ¿Qué podía perder? Abrió el paquete, y en ese momento recordó. Recordó a su madre. El olor del bizcocho casero de chocolate con un toque de menta, receta de la familia desde a abuela de la abuela de la abuela de la abuela… la transportó a su casa, al hogar, al cariño de su madre, a todas esas tardes que habían pasado en la cocina haciendo su pastel favorito, jugando con la masa, poniéndose perdidas de harina, riendo, cantando… Recordó como su madre la regañaba con una sonrisa cuando comía un trozo de masa sin hornear, y a continuación hacía lo mismo… y se ponían las dos como locas a rebañar con los dedos el molde… Recordó también una tarde, en la que no tenían menta, y tuvieron que salir a buscarla al campo… Erza se tropezó y se hizo un arañazo, lloraba desconsolada, hasta que su madre la abrazó, la besó y dijo las palabras mágicas que curaban todas las heridas “sana, sana culito de rana, si no sana hoy, sanará mañana”.
Sonrío al recordar, al sentir a sus padres a su lado, al sentirse querida…. Al recordar parte de su esencia, su pasado, su origen.

Entonces, el pato que había hablado, hizo algo más raro que subir a un árbol o hablar: se convirtió en un gato. Un precioso gato color canela, con unos enormes ojos verdes que parecían decir “tranquila, esto es normal”, que se posó en su regazo y se quedó dormido. Erza, sin saber por qué, no se sorprendió, sintió que como decían los ojos del gato, eso era normal, y dejó que el gato siguiera acomodado en su regazo, y recordando a sus padres, comió el bizcocho sentada en la rama de un árbol, en una ciudad que no recordaba a nadie, pero ya no estaba sola. Tenía el recuerdo de sus padres. Y un pato convertido en gato en el regazo.

Después de la mejor puesta de sol que recordaba, puede que antes las hubiera vivido mejores, pero desde que recuperó la memoria, ninguna había sido tan bonita, y tan reconfortante. Como si el gato hubiera oído sus pensamientos, se levantó en el momento en que ella iba a moverse para bajar del árbol, y ambos bajaron al suelo. Pero al llegar al suelo, hizo otra vez algo extraño… se convirtió en un perro, en un cócquer negro, que se puso realmente feliz cuando por fin ella llegó al suelo, saltó a su alrededor y la cubrió de lametazos. Eso, la hizo sentirse realmente especial. No sabía qué o quién sería ese... ¿pato-gato-perro? Pero en cada una de sus formas, la hacía sentir bien, como pato la había orientado y dado seguridad, como gato calma y paz, como perro autoconfianza y felicidad…

Probó a preguntar quién era, pero todos sabemos que los perros no hablan. No con palabras. Cuando Erza preguntó, el perro se limitó a mirarla, como si fuera una pregunta absurda, y siguió su camino hacia casa de Erza.

Al llegar, se dio cuenta que había perdido las llaves. Seguro que antes se hubiera agobiado, pero se paró a pensar. Quería llegar a casa y llamar a sus padres. Esto resultaba familiar… Estaba convencida que ya le había pasado antes, esta vez tenía al pato-gato-perro…. Aunque no podía verlo en ese momento. Plantada ante la puerta de su casa, sin saber qué hacer, pensando para no entrar en pánico, no recordaba nada, pero sabía que no quería parecerse a esa Erza que todos contaban que era, o a esas personas que veía cada día en el parque. Y entrar en pánico, es lo que ellos harían. En ese momento una chica se le acercó, y con total sinceridad preguntó “Erza, ¿estás bien?” Tenía los ojos hinchados, se notaba que había estado llorando… pero aun así, se preocupaba por ella, que sólo estaba plantada delante de la puerta de la casa. Entonces recordó. Esa chica, esa maravillosa y genial chica, era su mejor amiga desde el primer día que se había mudado a la ciudad, y que, igual que esa vez, se había dejado las llaves… solo que en aquélla ocasión Erza estaba desesperada y no paralizada. Esa chica, que estaba sufriendo y aportaba su granito, preocupándose de verdad por ella. Olvidando su pena por ayudar. “Mikasa!!!!” Los ojos de Mikasa se abrieron de par en par, y volvieron a soltar lágrimas, esta vez de alegría, mientras abrazaba a su amiga que la había olvidado, pero parecía volverla a recordar. Erza, con ese abrazo, terminó de recordar la cantidad de risas, de conversaciones y sobre todo de ayuda que había recibido de esa chica, como la había ayudado a adaptarse, a superar lo del chico (no le recordaba a él, pero si la ayuda de ella). Y abrazó fuerte a su amiga diciendo “y una vez más Mikasa viene a ayudarme a entrar en mi-casa” dijo riendo… mientras su amiga le daba un golpe cariñoso y refunfuñaba diciendo “no tiene gracia”. La otra vez, Mikasa había ido a buscar a sus padres, que eran los caseros a pedir una copia de las llaves, esta vez, como sabía de la tendencia de Erza de olvidarse de las llaves, llevaba una copia. Abrió la puerta, y disponía a irse, pero Erza la detuvo. Había notado cómo estaban sus ojos, y no podía dejarla. No lo hubiera hecho sin recordar quién era, pero recordándolo… era impensable. Cenaron juntas, y volvieron a reír. Mikasa no habló de lo que le había sucedido… pero no necesitaba hacerlo. A veces, un amigo es aquel con el que no hace falta hablar, con el que las palabras no importan. Y Erza y Mikasa eran ese tipo de amigas. Además, Mikasa se sentía realmente feliz de ver que Erza había recordado a sus padres, y a ella misma, y que…. Estaba feliz. Aunque temía que si seguía recordando perdiera esa felicidad.

Cuando Mikasa se fue, el cócquer volvió a aparecer, como si no se hubiera marchado. Y parecía escuchar la llamada de Erza a sus padres, y parecía emocionarse con las voces al otro lado del teléfono al ver que su hija les recordaba.

Entonces llamaron al timbre. Se sorprendió, pero fue a abrir. Era un muchacho con un perro labrador. Cuando ella abrió, el chaval dijo mientras el perro se abalanzaba a lamerla “Erza, sé que no recuerdas nada, y lo entenderé si no lo quieres, pero… ¡¡¡¡ha aparecido!!! Se perdió la noche antes de que… esto… ya sabes… no recordaras…. “. “KISUKEEEEEEEEEEE!!!!!!” ¡¡Su perro!! ¿¿Cómo podía haber olvidado a su perro!!!! “¡¡Por supuesto que recuerdo a Kisuke!! ¡¡GRACIAS, GRACIAS, GRACIAS!!!” dijo con lágrimas otra vez, besando y abrazando al perro… Entonces, se paró, y dijo… “pero de ti no me acuerdo…. ¡¡Eren!!” El muchacho sonrió y se sonrojó… Había pasado mucho tiempo buscando a Kisuke, esperaba que ver a su perro ayudaría a Erza a recordar, y parece que así fue… habría hecho cualquier cosa por ayudarla. Eren, era algo menor que Erza, y se habían conocido en el gimnasio, pero habían hecho muy buenas migas. Y muchas veces salían juntos a pasear a los perros. Erza preguntó por su perro, y quedaron en pasear juntos al día siguiente.

Cuando se metió en la cama, estaba feliz. Había recordado a sus padres, a su mejor amiga, había recuperado a su perro, y también había recuperado al chico… que cuando no le reconocía, hacía sentir mariposas en el estómago… pero al recordarlo… sentía…. Más mariposas. Tenía a Kisuke a sus pies… y el otro pato-gato-perro… simplemente había vuelto a desaparecer.

Los lametones de Kisuke despertaron a Erza, que sentía que había encontrado una parte muy importante de sí misma, una base.

Durante los días siguientes, siguió recordando a todos los que la rodeaban, cada vez que alguien se interesaba sinceramente por ella, olvidando que era la chica que había perdido la memoria, como la primera vez que se conocieron, ella recordaba.

El pato-gato-perro siguió apareciendo y desapareciendo, cambiando de forma, a veces era un gato negro, otras un gato canela, otras un cócquer, otras un pato; hablando a veces, otras sólo observaba. Un día, cuando había recordado a casi todos sus antiguos amigos (no todos eran sinceros con sus acciones, así que nunca los volvería a recordar) se sentó con su forma felina en el regazo de Erza, y se puso a ronronear. Ella aprovechaba esos momentos para “hablar” con él, Ella le contaba cómo iba su día, a quién había recordado… Y a medida que hablaba, sus antiguos miedos, se iban convirtiendo en confianza en sí misma. La relación con algunos de sus antiguos amigos había cambiado, se había vuelto mucho más sincera, ya que por alguna extraña razón, sólo había pasado con dos personas, cuando había recordado a alguien, si volvían a ser egoístas, volvía a olvidarles. Así conoció a sus amigos de una forma más profunda, sus miedos, sus temores, y los defectos. El gato se limitaba a ronronear, pero ese día habló con ella.

“Erza, ya es hora de que lo recuerdes todo. Eres una bruja. Yo soy tu familiar. Olvidaste todo porque te diste por vencida, porque dejaste de luchar, porque cuando una bruja se da por vencida pierde su esencia. Y una bruja sin su esencia sólo puede mantener su forma humana un día por cada año vivido. El día que empezaste a recordar, fue el día que perderías tu forma humana. Tu madre lo sabía y por eso te envió el bizcocho, era su manera de despedirte, no había ninguna forma de hacerte volver, sabía que no lo recordarías, pero por lo menos ella sabría que habrías comido bien. Lo que no sabía es que era la forma de devolverte la confianza y los recuerdos. Kisuke se escapó porque temía que esto te sucediera, los perros son muy perceptivos, vagó durante mucho tiempo hasta encontrarme: sólo un amor tan incondicional puede hacer que un familiar se vincule a una bruja que ha perdido su esencia, pero aun así necesitaba que recordaras, por eso no pudiste escucharme antes. Desde entonces, cada pequeña ayuda que te han ido regalando tus amigos, te han ido haciendo crecer. Ahora, ya has recuperado y mejorado tu esencia, tu forma de ver y de relacionarte con el mundo, tus problemas no se pueden solucionar por arte de magia, pero te has dado cuenta que al tener una relación más sincera y con más confianza en ellos y en ti, poco a poco han perdido importancia, o se van solucionando. ¡Hasta estás trabajando ayudando a Mario en su clínica, ayudando a todos los demás!! Ahora sabes, que cada aportación, por pequeña que sea, puede ser una gran ayuda, un simple kilo, algo que para algunos no significa nada, puede devolverte la vida y la esencia. Una sonrisa, un consejo, un acto de altruismo… dan mucho más de lo que parece, pueden salvar a aquéllos que lo necesitan”.

Desde entonces, la vida de Erza cambió. No tenía una vida perfecta, pero por fin pudo decir que era feliz, y que hacía felices a todos los que la rodeaban. No pudo recordar a todos, y a algunos les olvidó, pero eso simplemente hacía mejor su vida. Paseó con Eren cada día, con los perros… y en su vida, caminaron juntos sus vidas. Y siempre tuvo en cuenta, que cada pequeña ayuda, por nimia que pareciera, era capaz de multiplicar su efecto de forma exponencial. >>

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