Alucina Vecina

Siempre me dijeron que mi vida era para escribir un libro… ¡Ahora es un blog! Entra, flipa y comenta

Archive de la Categoria ‘Cuentos y relatos’

Interesante de nuestros patrocinadores

El cuadro de Sakuhin

Oct-2-2016 By coyote

EL CUADRO DE SAKUHIN
Sakuhin era un niño bastante delgado para su edad. Tenía unos enormes ojos azules y unas orejas que parecían dos paréntesis en su linda cara.
Vivía en un pueblo cerca del mar.
Sabía leer, escribir y cálculo básico pero antes que ir a la escuela él prefería ir al campo, al monte o a la playa: confiaba más en las lecciones de la Naturaleza y de la Vida que en las lecciones que los maestros daban sobre geografía o historia.
Un día mientras caminaba por la playa vio una vela encendida y a su lado una chica con los ojos tristes.
Cuando se acercó se dio cuenta de que ella no podía verle, mas sí debía sentirle ya que en ese momento esbozó una sonrisa y dijo: <>.
Sakuhin no entendió nada. Nunca había visto a esa chica, pero en el momento en que miró a sus ojos y escuchó su voz supo que era alguien muy importante y querido. Se sentó a su lado y sintió que estaba lejos, pero a la vez muy cerca.
Pasados unos minutos ella se levantó y sonriendo dijo: <>.
Se fue con el semblante alegre.
Sakuhin ya sabía quién era. Sonrió al verla sonreír y se alegró de haber podido pasar un tiempo con ella. Aún quedaba mucho para que volvieran a hablar.
A Sakuhin le encantaba pescar. El mismo se fabricaba las cañas con los juncos que encontraba y a veces se deshilachaba la ropa para usar los hilos como sedal. A veces interrumpía la pesca entrando al agua a jugar a saltar sobre las medusas, persiguiendo a los pájaros o simplemente paseando.
Le encantaba mirar el mar y el horizonte. Pasaba horas sentado mirándolo. A veces sentía que al otro lado del mar, al otro lado de esa línea sin fin, había otro mundo, un lugar con el que sentía una extraña conexión. No paraba de imaginar qué sería lo que estaba al otro lado.
A pesar de vivir en un pueblo pequeño en una época difícil, se sentía muy afortunado pues podía pasar todo el tiempo que quisiera en la playa, en el campo, en el monte o simplemente ayudando a su mamá, a la que quería con locura.
Cierto día, mientras estaba en el campo, persiguiendo un conejo tropezó y cayó sobre un charco. Se manchó, pero algo se iluminó en su interior: podía pintar usando barro, machacando las hojas o los pétalos de las flores. Y así, usando sábanas viejas como lienzo podría tener siempre a la vista los paisajes que tanto le gustaban o las personas a las que quería sentir cerca.
Corrió de un lado a otro buscando y cogiendo flores de colores. Volvió a casa, cogió una sábana vieja (su madre le regañaría por eso, pero quería hacerle un regalo especial al fin).
Salió y buscó un sitio frente al mar, un sitio donde poder cerrar los ojos, sentir y dejar trabajar a sus manos.
Pintó durante horas.
El resultado le sorprendió, le liberó y le hizo sentirse más feliz de lo que nunca se había sentido. Había escuchado a su interior y por fin había visto la luz y sacado lo que tenía dentro, lo que le oprimía, esa sensación de estar incompleto había desaparecido. Al observar el resultado supo que ya estaba completo.
En el cuadro estaban sus padres con él y su perrito Bis, pero había nueve personas más: una mujer realmente hermosa que sonreía con los ojos llenos de amor; cuatro muchachas con los rostros más felices que se pudiera imaginar (una de ellas era la chica de la playa); y cuatro niños: dos niños y dos niñas, dos rubios de ojos claros y dos morenos.
La playa aparecía de fondo.
Esa era su familia. Toda su familia.
Pero el cuadro no era solo eso. El cuadro era un espejo a otro mundo, al otro lado del mar, el mundo en el que ellos estaban.
Cuando lo miraba, no solo veía a su familia: sentía que estaba con ellos. Ellos no podían verle pues era una ventana de una sola dirección, pero ahora podía estar siempre a su lado. Podía velarles y también vivir por él, disfrutando de su libertad.
Cuando llegó su madre y vio el cuadro las lágrimas brotaron de sus ojos. No solo no se enfadó, sino que se alegró y dijo: <>.
Al cabo de un rato llegó su padre, y los tres, junto a Bis, pasaron horas al amor de la hoguera escuchando hablar a Sakuhin: el tiempo no pasaba.
Pintó también otros cuadros en los que aparecían más de sus seres queridos: su hermana con su familia; sus amigos; las parejas y amigos de sus hijas…
Sus cuadros eran magia pura.
Cuando alguien necesitaba ayuda, aunque no lo supiera, se iluminaba su imagen en el cuadro y él, estuviera donde estuviera, acudía en su ayuda.
Tiempo después descubrió que Sakuhin no era su verdadero nombre. Le llamaban así porque ese era el nombre que se daba a los que crean obras de arte.
Y todo lo que él tocaba lo convertía en arte.
No se limitó a pintar cuadros representando a sus seres queridos: descubrió que también podía pintar recuerdos, vivencias o momentos. Cuadros en los que él mismo podía entrar y salir a voluntad recordando lo vivido desde una nueva perspectiva: sin tiempo, sin espacio, sin límites. Aprendiendo y viviendo.
Podía ver más allá en cada situación: desde sus ojos y desde los de los demás; podía ver y sentir lo que los que le acompañaban veían, sentían o incluso pensaban. Podía pasar de un cuadro a otro, de un recuerdo a otro.
Pasaba a su antojo de ser un niño con sus padres a ser un padre con sus hijas.
Si lo prefería podía imaginar y crear nuevas vivencias. Podía hacerlo TODO. Era LIBRE. Y así sería siempre.

Un cuento chino

Oct-2-2016 By coyote

UN CUENTO CHINO
Junsuina era la hormiga más traviesa del hormiguero, no paraba quieta hasta que un día sintió que sus patas fallaban. Sin saber qué había pasado se despertó en la enfermería. Sus padres estaban hablando con el nuevo curandero de su hormiguero: una hormiga que había llegado desde muy lejos, con un color diferente y los ojos rasgados que poseía un gran conocimiento sobre técnicas, plantas y remedios desconocidos para ellos.
El curandero decía que Junsu debía guardar reposo el resto de su vida y no debía hacer ningún esfuerzo.
Al escuchar esas palabras se quedó paralizada: no quería pasar el resto de su vida “en reposo” ¡lo que el curandero decía era falso!”.
Sus padres se tomaron un rato para calmarse antes de volver con ella. Al legar a su lado la madre de Junsu tomó una de sus patas, y Junsuina aprovechó para fingir que se despertaba en ese momento.
No dijeron nada de las palabras del curandero, pero en cuanto el curandero dio permiso para volver a casa, no fue a su casa habitual a la que regresaron: se habían mudado a una casa que daba directamente al parque en el que su hormiguero estaba. Ella sabía que a sus padres no les agradaba vivir tan expuestos, pero lo hacían por ella, para que pudiera ver la luz del sol y sentir el aire limpio sin hacer muchos esfuerzos. Para no hacerles sentir mal, no dijo que había escuchado las palabras del curandero, y ni sus padres ni sus hermanos dijeron nada al respecto: si alguna vez preguntaba el motivo de cambio solo decían que allí estaban mejor.
Fue creciendo y cada vez que intentaba unirse al equipo de reconocimiento o de recogida sus padres se ponían muy nerviosos y ponían impedimentos a que fuera.
A pesar de saber el motivo, empezó a cansarse de que le ocultaran la verdad y siguieran con ello a pesar de que ella se encontraba perfectamente. Sabía que no podía seguir así, y tomó la decisión de enfrentarse al curandero y aclarar el motivo de su reposo perpetuo.
Encontró al curandero con un libro en las manos, y al acercarse a él, éste sonrío y dijo “Todas tus respuestas están aquí. Este es un libro traído de mi tierra natal: China. En este libro tu eres la protagonista”.
Le tendió el libro y se esfumó sin dar opción a responder o preguntar.
Junsuina se encontró sola en la habitación con un libro en sus manos. Dubitativa abrió el libro, si contenía todas las respuestas debía de ser algo muy importante. Pero al abrirlo su enfado aumentó: ¡estaba en blanco! ¿Quién se creía que era el curandero para jugar así con su vida? Se sintió estafada y se prometió no volver a mostrarse vulnerable ante nadie. Lucharía por ser fuerte, por demostrar a su familia que las palabras del curandero eran solo “cuentos chinos” como el libro que le había dado. Tiró el libro al fondo de una caja y la guardó en el armario.

A raíz de aquello empezó a mostrarse fría con todo el mundo, ignoraba a sus padres cuando le pedían que no hiciera esfuerzos. Se esforzó tanto en demostrar que era válida que en poco tiempo se volvió una de las hormigas más activas del hormiguero: era capaz de cargar con cosas más pesadas que la mayoría de las hormigas, y cuando se trataba de salir a explorar no había quien la siguiera el ritmo.
Era tenaz y se centraba tanto en su trabajo que no permitía que nadie se acercara de verdad. Eso, unido a su enorme talento y su gran energía, suscitó muchas envidias a su alrededor.
Pero a ella no le importaba: solo quería seguir su camino y sentirse orgullosa de sí misma y demostrarse que podía con todo. No importaba que otros la apartaran por ser la mejor. No presumía de serlo (lo que enfadaba aún más a sus detractores). Simplemente lo era.
Aparentaba no tener sentimientos, pero en el fondo de su ser se sentía un poco sola.

En esa época conoció a otra hormiga a la que no había visto nunca: Itamae. Itamae era la cocinera de su sección del hormiguero. Junsu hacía tiempo que se había ido de la casa de sus padres y hasta la llegada de la cocinera había olvidado lo bueno que era comer una ración de frutas bien condimentada.

Sin darse cuenta la cocinera empezó a formar parte de su vida. Comenzó a abrirse ante ella y un día llegó a contar lo del “cuento chino” del curandero. Itamae escuchó atentamente y cuando Junsu terminó, preguntó “¿y ahora qué pone el libro?”
Junsu se sorprendió por la pregunta, nunca había vuelto a abrir el libro desde la primera vez en la casa del curandero. No entendía qué podía haber cambiado en el libro vacío o qué importancia podría tener el libro, pero si fue consciente de una cosa: Itamae se preocupaba sinceramente por ella. Entendió que abrirse a los demás no siempre era malo, que podían existir personas que se preocuparan de verdad por ella. La cocinera había llenado con su amistad un vacío que tenía dentro.

Esa conversación provocó un cambio en Junsuina: a raíz de eso se abrió un poco a los demás y dejó entrar a más gente en su corazón. Descubrió que así era mucho más feliz. Ahora no tenía que enfrentarse a todo sola, ahora tenía alguien más por quien luchar. Ser la mejor tenía sentido si lo compartía y si luchaba por los suyos. Sus detractores por fin dejaron de importarla, ahora de verdad. Por el cambio se percató de que algunos de ellos solo se sentían intimidados por su actitud y que en realidad la admiraban.
Se convirtió en una verdadera líder: fuerte, luchadora, empática con quienes lo merecía. Daba todo por su equipo y por fin sintió que encajaba en el grupo.

Con la ayuda de sus compañeros consiguió el puesto de líder del escuadrón la tiranía e injusticias de los anteriores líderes se acabarían. Quedaban piezas que no se podían cambiar, pero sí podía hacer el día a día mejor .luchó contra todo y consiguió un escuadrón unido, fuerte, capaz de superar todos los ataques y dificultades que les pusieran.
Tenía dos tenientes en los que podía apoyarse y tomar un descanso ya que ellos la sujetaban. Itamae también estaba a su lado, llevándole porciones de fruta cuando ella se olvidaba de comer.

Eran un escuadrón realmente fuerte, pero un día una inundación arrasó con todo. No pudieron hacer nada contra ella. Ayudaron a evacuar, defendieron a los indefensos de los ataques de las avispas que se querían aprovechar de su debilidad… pero llegó el momento en el que tuvieron que separarse y tomar cada uno su camino, buscar otros lugares en los que vivir y luchar.

Junsu había conocido a alguien más que enseguida había calado en su corazón: Kyoshi, el maestro de un hormiguero vecino al que había conocido en una misión de exploración. Habían congeniado y él conseguía sacar lo mejor de ella.
Gracias a Itamae, Kyoshi, sus tenientes y el resto del escuadrón, se llegó a sentir feliz y completa. Fue difícil, pero había encontrado por fin su camino y su esencia.

Tras el desastre del hormiguero decidió que era la señal para arriesgarlo todo e ir con Kyoshi a su hormiguero.

Al recoger las cosas para la mudanza, encontró la caja en la que estaba el libro del curandero. Recordó la pregunta de Itamae y abrió la caja, cogió el libro y lo abrió. Llevó unos instantes asimilarlo, pero algo había cambiado: ¡ahora estaba lleno de palabras e imágenes!. En sus páginas estaba escrito cómo superó sus limitaciones, cómo luchó, cómo aprendió. Había imágenes con Itamae, con sus tenientes, con su escuadrón, con Kyoshi… y su historia. No estaba completo porque su historia aún no había terminado: quedaba lo mejor de su vida, ¡disfrutarla! ¡Vivirla!. Recoger todo lo que había sembrado, todo por lo que había luchado tanto… cumplir sus sueños…

Desde entonces, cada noche veía el “cuento chuno”, lo abría y lo releía. Recordando, aprendiendo. En él se plasmaba su felicidad y así sentía más cerca a todas las hormigas que habían sido importantes para ella: aunque no se vieran tanto, siempre formarían parte de su vida y de su “cuento chino”.

Dedicado a mi “rubia”

El puente del arco iris

Oct-2-2016 By coyote

Y como todos los 25 de septiembre este cuento está en mi mente.
Este año no tengo clase de balance en la que leerlo ¬¬
EL PUENTE DEL ARCO IRIS
Hay un puente que une el Paraíso y la Tierra, y se llama el Puente del Arco Iris.
Cuando un animal que ha sido especialmente amado por alguien aquí en la Tierra muere, entonces va a esperar en este lado del Puente del Arco Iris. Allí hay valles y colinas para todos nuestros amigos especiales, para que ellos puedan correr y jugar juntos. Hay mucha comida, agua y sol, y nuestros amigos se encuentran cómodos y seguros.
Todos los animales que han estado enfermos o que eran ancianos, recuperan su salud y vigor; aquellos que fueron heridos o mutilados recuperan lo perdido y son fuertes nuevamente, tal como los recordamos en nuestros sueños de días y tiempos pasados. Los animales están felices y contentos, excepto por una pequeña cosa: cada uno de ellos extraña a alguien muy especial, alguien a quien tuvo que dejar atrás en la tierra.
Todos corren y juegan juntos, pero llega un día en que uno de ellos se detiene de repente y mira a la lejanía. Sus brillantes ojos se ponen atentos; su impaciente cuerpo se estremece y vibra. De repente se aleja corriendo del grupo, volando sobre la verde hierba, corriendo cada vez más rápido.
Tu amigo te ha visto, y cuando tú y tu amigo especial finalmente os encontrais, los dos os abrazais en un maravilloso reencuentro, para nunca separarse de nuevo. Una lluvia de besos cae sobre tu rostro; tus manos acarician nuevamente esa cabeza tan amada, y puedes mirar nuevamente a los confiados ojos de tu amigo, tanto tiempo apartada de tu vida, pero nunca ausente de tu corazón.
Entonces los dos cruzais el Puente del Arco Iris juntos…